“Enrollaban sus brazos y jalaban y jalaban hasta que uno se desprendía. Luego los brazos se alejaban porque no sabían que estaban muertos”.

Alison Gong, bióloga marina, sabe perfectamente que una estrella de mar no tiene sangre, cerebro ni sistema nervioso central. Aún así, no puede evitar ver a estrellas marinas de su laboratorio como mascotas. “Por mi extraña personalidad”, dijo, “establezco apego emocional aunque obviamente no sea recíproco”.

Este apego se profundizó durante los 20 años que trabajó en el Laboratorio Long Marine de la Universidad de California en Santa Cruz, Estados Unidos, donde muestra estrellas a estudiantes de su clases de biología marina. (Una de sus primeras lecciones es: el término en inglés starfish [pez estrella] es una denominación errónea, ya que las estrellas no son peces.) Hasta hace poco, Gong tenía 15 estrellas a su cuidado: ocho Patiria miniata, cinco estrellas de mar ocre, una Dermasterias imbricata y una Orthasterias koehleri. Ella desarrolló una rutina diaria. Casi cada mañana entraba al laboratorio a las 8:30 y saludaba a su fauna silvestre con un emotivo: “¡Qué onda, chicas!” Se aseguraba de que “todas estuvieran bien”: si una estrella estaba sobre la mesa, por ejemplo, la empujaba suavemente de vuelta al agua con un pequeño regaño: “¡Chicas! Ya saben que deben estar aquí”. Registraba la temperatura del agua, que proviene de Terrace Point, arrecife sobre el que se sitúa el Laboratorio Long Marine. Desde ventanas del laboratorio es común ver aletas de delfines, leones marinos nadando de espaldas y ballenas que salen a tomar aire. Finalmente, Gong alimentaba a estrellas con calamares congelados o eperlanos de lago que cuidadosamente rebanaba en pequeños trozos digeribles. Ninguna de las estrellas, que típicamente viven 35 años en su hábitat natural y hasta tres veces más en cautiverio, murió. Al menos no de causas naturales. Hace algunos años, Gong accidentalmente dejó caer un tanque encima de una de ellas, aplastándola. “Pensé que se recuperaría, pero no lo hizo. Me sentí muy mal”.

Asimismo, Gong no estaba preparada para lo que descubrió luego. Tan pronto como saludó a su prole, se dio cuenta de que “alguien murió”. Las Patiria miniata, carroñeras agresivas, se juntaron en una sola bola, una señal ominosa. Gong las separó una por una hasta que encontró lo que consumían: el cadáver de una estrella de mar ocre, compañera suya durante últimos cinco años.

Dos días después se dio cuenta de que otras estrellas no se veían bien. “Su comportamiento era algo raro”, dijo. Algunos de sus brazos estaban retorcidos alrededor de sus estómagos, como si intentaran abrazarse a sí mismas. Las estrellas saludables, en especial ocre, tienen textura áspera y consistencia firme. Pero éstas se veían “como pastosas”, como globos desinflados. “Llegó hasta el punto en que me daba miedo abrir la puerta”, dijo. Al día siguiente, un perturbado asistente de laboratorio reportó que una de las estrellas perdió un brazo. Cuando Gong regresó el día después, la mesa del laboratorio se veía “como un campo de batalla de asteroides”. Las estrellas estaban blanditas y con heridas blancas en todos lados. A veces se les salían las entrañas por las fístulas. Más brazos se desprendieron. Brazos, ya sin cuerpo, seguían arrastrándose por todo el tanque.

Es común que muchas especies de estrellas marinas se despojen de sus brazos por estrés. Por ejemplo, cuando un niño curioso saca a una estrella de una poza de marea por alguna de sus extremidades, puede ser que la estrella se deshaga de ese brazo en un esfuerzo para escapar y lo regenere después. Sin embargo, Gong rápidamente entendió que esto era diferente. Sus estrellas no sólo se despojaban de sus brazos. Se los quitaban como haría un hombre sin acceso a una herramienta afilada: usando un brazo para sacarse el otro. “Enrollaban sus brazos”, dijo Gong, “y jalaban y jalaban hasta que uno se desprendía. Luego, brazos se alejaban porque no sabían que estaban muertos. Era horrible. No sólo morían. Se despedazaban a sí mismas”.

Al principio parecía que la enfermedad sólo afectaba a estrellas ocre, pero pronto la Orthasterias koehleri mostró los mismos síntomas. Una mañana, Gong llegó y la encontró deshaciéndose de uno de sus cinco brazos. Salió del laboratorio para alimentar a otros animales y cuando regresó, 40 minutos después, se quitó otros dos. La Dermasterias imbricata y última de las estrellas ocre se liquidaron a sí mismas días después. No obstante, las Patiria miniata no parecían afectadas —al menos no negativamente—. Para ellas, la masiva muerte de sus compañeras era una bonanza: se alimentaron de cadáveres. Hoy son las únicas estrellas que quedan en el laboratorio. “Es como de pesadilla”, dijo Gong. “Nunca vi algo así. Vi animales morir, pero esto es algo excepcional. Algo muere y sigues con tu vida, pero aquí no había forma de seguir con mi vida”.

Ansiosa por saber qué ocurría, llamó al acuario de la Universidad de California en Santa Cruz, el Seymour Marine Discovery Center, que también toma agua del Terrace Point. Investigadores le dijeron que notaron misteriosas señales de la enfermedad en su propia colección, la cual incluía a un par de estrellas girasol, una de las especies de estrellas de mar más grandes del mundo que pueden tener hasta 24 extremidades, cada una de hasta un metro de largo. En poco tiempo, las dos estrellas girasol también perdían brazos. “Son tan grandes que cuando se deshacen de sus brazos, sabes que hay algo muy malo”, dijo Gong. “Parece como si son descuartizas”. Los del acuario sacaron a estrellas girasol del ojo público para que niños que visitaban el museo no gritaran.

Allison Gong con dos Patiria miniata saludables. La estrella de la derecha tiene una lesión en uno de sus brazos y cada nueva punta sanó separadamente, lo que resultó en una extremidad bifurcada.

En el edificio vecino, Peter Raimondi, jefe del Departamento de Ecología y Biología Evolutiva de la UCSC, sospechó que el factor que mataba a todas las estrellas de mar no se limitaba solamente a Terrace Point.

Raimondi experimentaba un inesperado y no tan deseado cambio de carrera: adoptó el rol de detective de estrellas de mar. A pesar de ser biólogo marino que divide su tiempo entre analizar datos y dirigir viajes de investigación por la costa del Pacífico, Raimondi está más que calificado para el puesto. Existe una cualidad de investigador privado en su redondo e inquisitivo rostro, ojos activos y desesperada e impaciente voz. Usa chanclas y shorts en marzo, pero con sombrero y traje se parece aún más a Jake Gittes.

Cada vez científicos se vuelven más inquisitivos cuando el mundo que estudian parece una escena del crimen. Atestiguamos la mayor pérdida de vida en la historia del planeta, a la que científicos llaman la Sexta Extinción. A diferencia de cinco anteriores, ésta no es consecuencia de enormes procesos naturales, sino del comportamiento humano. La actual tasa es aproximadamente mil veces más rápida que el promedio histórico. Razones son numerosas, pero entre ellas destacan el calentamiento de atmósfera y mezcla de ecosistemas causada por actividad humana, la cual permite infiltración de especies invasivas, esparcimiento de enfermedades y desaparición de hábitats naturales. La mayoría de especies que perdemos desaparecen sin que siquiera lo notemos. Por cada Martha —último ejemplar de paloma migratoria que murió en una jaula del zoológico de Cincinnati en 1914— hay cientos de otras especies que desaparecen anónimamente, lejos de la vista humana, y cuya extinción sólo notamos hasta que es demasiado tarde; especies como la paloma de Liverpool, zampullín del Aloatra, oso pardo mexicano, lobo mexicano y muchos otros que ni siquiera identificamos hasta que sabemos que ya no existen. Pero quienes dedican sus vidas a examinar el mundo natural sí se dan cuenta. Ellos son los primeros en llegar a la escena y los más equipados para entender amenazas que enfrentan animales que estudian. En muchas especies, son los únicos a quienes les importa.

Raimondi, por ejemplo, quizá sepa mucho más que cualquier persona viva sobre condiciones de estrellas marinas en la costa del Pacífico, ya que en la última década fue investigador principal de Multi-Agency Rocky Intertidal Network (MARINe), asociación de agencias, universidades y grupos privados que se esfuerzan para monitorear vida marina en costas. Cada año, un grupo de investigadores visita cerca de 200 sitios entre la Bahía Graves, Alaska, y Punta Abreojos, en Baja California Sur, México. Realizan censos y registran observaciones sobre más de cien especies, incluidas al menos 15 de estrellas de mar. La base de datos está en internet abierta al público. La idea es documentar el tamaño de poblaciones y condiciones ambientales de toda la costa para que, si algo inusual ocurra, pueda ser medido fácilmente. Tal sistema de monitoreo tan exhaustivo y sistemático no existía en EU hasta antes de MARINE y hasta hoy sólo hay uno similar en la Gran Barrera de Coral de Australia. En el resto del mundo realmente no sse sabe, con certeza, dónde vive qué especie marina. Océanos son terreno virgen. Cambian su composición dramáticamente, pero no se sabe exactamente cómo.

Raimondi recibió reportes de altos niveles de síndrome debilitante de estrellas de mar. Debilitamiento es un término genérico que describe síntomas de deterioro físico, que en estrellas de mar incluye manchas, inflamación y que se arranquen extremidades. Todo tipo de amenazas, ambientales como patógenas, pueden llevar a debilitamiento. Es común que un buzo o persona especializada vea a una estrella de mar con estos síntomas, el equivalente equinodermo de gripe fea. Cerca del uno por ciento de estrellas mostrará síntomas de debilitamiento en algún momento, pero cuando un enorme porcentaje de animales muere, significa que hay algo muy malo. Ésta es la diferencia entre un caso fuerte de gripa y epidemia de influenza.

Es lo que Raimondi vio. Al principio, un especialista en calidad del agua marina de la Universidad de Washington reportó que cada estrella girasol observada en la costa de la isla Vashon mostraba signos de debilitamiento. A finales de abril, un técnico de investigación de la Universidad Estatal de Oregón vio síntomas de debilitamiento en estrellas ocre del sitio natural Tokatee Klootchman, dentro del Carl G. Washburne Memorial State Park. A finales de junio, investigadores observaron estrellas ocre con debilitamiento en Sokol Point, en la Península Olympic de Washington. En agosto, el mismo Raimondi encontró estrellas ocre con debilitamiento en un viaje de investigación en la isla Kayak, remota isla en el Golfo de Alaska, a 95 kilómetros del poblado más cercano. Entonces se percató que algo extraño pasaba.

En el otoño, casos incrementaron en número y virulencia. La veterinaria del Acuario de Seattle, horrorizada al ver estrellas enfermas, las puso en cuarentena y llenó de antibióticos; cuando esto falló, aplicó eutanasia a cada estrella con signos de la enfermedad. El rango geográfico de eventos era alarmante. En el Museo Anchorage, Alaska, murieron varias Evasterias troschelii y Point Loma, San Diego, Henricia leviuscula. La población de estrellas marinas en Terrace Point, patio trasero del Laboratorio Long Marine, murió casi por completo. Pero la epidemia no estaba limitada a la zona de mareas: varios buzos vieron estrellas debilitadas en arrecifes submareales y hubo barcos de pesca que encontraron estrellas debilitadas en montones que sacaron desde profundidades de hasta 90 metros. “Un uno o dos por ciento no es tan importante”, dijo Raimondi. “Pero veinte o treinta, o incluso más —en algunos casos eran todas—, entonces sabes que algo muy diferente pasa”.

Nadie sabía exactamente cómo llamarlo. ¿Acaso era muerte masiva? ¿Plaga? ¿Crisis demográfica? ¿Extinción? Científicos referían a esto como “debilitamiento”.

Peter Raimondi, profesor de ecología en la Universidad de California en Santa Cruz

Peter Raimondi, profesor de ecología en la Universidad de California en Santa Cruz

Tal vez Gong nunca vio algo así, pero Raimondi sí. En 1982, cuando era estudiante de licenciatura en la Universidad de California en Santa Bárbara, Raimondi vio de primera mano efectos del episodio más fuerte del fenómeno meteorológico El Niño del siglo 20. Temperaturas del Océano Pacífico se dispararon hasta en doce grados centígrados. Estrellas de mar, entre otras criaturas marinas afectadas, morían a montones por síndrome de debilitamiento. Esto volvió a ocurrir después del fenómeno de El Niño de 1997-98, cuando un estudio estableció tasas de debilitamiento de estrellas de mar hasta en 56 por ciento en ciertas locaciones. El agua tibia parecía ser la variable común; varios eventos de debilitamiento ocurrieron en el sur de California durante años más cálidos de lo normal. También se cree que el alza en temperatura contribuyó a otras recientes muertes masivas: repentino colapso de la pesquería de langosta del Long Island Sound en 1999, blanqueo masivo de arrecifes en el Caribe en 2010, muerte de cientos de pelícanos en playas del norte de Perú en 2012, reciente hambruna masiva de leones marinos en el Sur de California y descubrimiento de hasta cien mil cadáveres de mérgulos sombríos (aves endémicas de Norteamérica) en invierno en la costa noroeste del Pacífico. Sin embargo, para el verano de 2014, Raimondi aseguró que el debilitamiento era el evento de mortalidad marina más grande que vio.

Aunque esta vez el agua tibia no parecía ser responsable. Es cierto que, después de 12 años de temperaturas relativamente bajas, el agua del Pacífico se volvió significativamente más cálida en últimos meses. No obstante, el debilitamiento empezó casi un año antes de esta cálida fase, cuando surgieron primeras observaciones en el noroeste del Pacífico, que llega hasta Alaska, donde el agua es particularmente fría. “Si lo vemos en Alaska”, dijo Raimondi, “entonces es algo diferente a lo visto en el pasado”.

 Es la mayor pérdida de vida en la historia del planeta, a la que científicos llaman la Sexta Extinción. A diferencia de cinco anteriores, ésta no es consecuencia de procesos naturales, sino del comportamiento humano.

Esto también pasaba más rápido de lo que se vio. “Eso es lo que sorprendió más”, dijo. “Fue muy repentino y amplio; ocurría en muchas especies diferentes”. Nunca antes vi brazos sin cuerpo caminando por allí. O estrellas girasol “explotando”. Tampoco una estrella fantasma. El debilitamiento suele ser un proceso gradual, ya que la estrella se deteriora a lo largo de días o semanas. Pero también puede atacar con ferocidad tan repentina que algunas se pudren. Su tejido blando se disuelve y descompone, ya que es devorado por bacterias blancas peludas; aunque espículas blancas y duras de la estrella —espinas, hechas de calcio— permanecen. Esto deja impresión fantasmagórica de la estrella; es, literalmente, una silueta de tiza.

“Da miedo”, dijo Raimondi, usando un término que no se escucha mucho en biólogos. El debilitamiento tiene tal efecto. Hace que científicos, que suelen elegir palabras con extrema precaución, hablen como adolescentes. Y usaron términos como “shock”, “horror” y “pesadilla”.

Investigadores averiguan la causa de tal evento casi de la misma forma en que el Centro para el Control y Prevención de Enfermedades de EU rastrea el caso cero de endemia, o un detective criminal rastrea a un asesino serial. No es suficiente saber quién murió. Sino saber la secuencia en la que murió. Trazar la violencia hasta su origen. Sólo que Raimondi no detectaba patrón alguno. Estrellas morían a diferentes ritmos. Algunas se volvieron fantasma en horas, algunas morían en una semana y otras más lograban recuperarse. Era totalmente impredecible. Si la epidemia estaba causada por el agua tibia, ¿entonces por qué empeoró en el invierno? No parecía ser causada por contaminación, la cual suele ser localizada, ya que pasaba en todos lados. Y si era causada por un patógeno, ¿por qué no parecía esparcirse desde algún punto de origen, en lugar de aparecer en todos lados? En algunas de las secciones más devastadas de la costa había varias estrellas saludables. En zonas no afectadas, otras debilitadas. Ocurría en aguas cálidas y frías. No tenía sentido. Raimondi incluso dudó del debilitamiento. Quizá era algo totalmente diferente, sin precedentes.

Una estrella de mar gigante saludable

Una estrella de mar gigante saludable

Camarógrafos de CBS, NBC y CNN siguieron a Raimondi durante sus expediciones. En la bahía aparecían botes llenos de periodistas. Tabloides británicos publicaban artículos con titulares como “Millones de estrellas de mar muertas en la costa oeste” y “Misteriosa plaga causa que estrellas de mar se arranquen sus propios brazos y científicos no saben por qué”. Un ecologista llamó al debilitamiento “la enfermedad más extensa y devastadora de invertebrados marinos conocida”.

La atención de la prensa, a pesar de ser distractora, tuvo beneficios. Cientos de ciudadanos alarmados inspeccionaron tramos sin investigar de la costa del Pacífico y subían observaciones a un nuevo mapa de debilitamiento de estrellas de mar que creó Raimondi. La participación incrementó en grupos como el programa de ciencia ciudadana de la Academia de Ciencias de California y Reef Check, que entrena a buzos amateur para que estudios sobre algunas especies. Datos se acumulaban —incluso se detectó debilitamiento en la costa del Atlántico Norte— y el mapa de Raimondi se volvió cada vez más detallado, aunque aún seguía sin patrón alguno.

Algunos investigadores amateur le escribían para ofrecerle teorías. Muchos culpaban al calentamiento global o acidificación, que ocurre cuando océanos absorben altos niveles de dióxido de carbono. Un grupo particularmente determinado y conspirador culpó a la crisis nuclear de Fukushima, hipótesis que científicos descartaron. Otros culpaban a líneas eléctricas a lo largo de la costa por bombardear radiación electromagnética a arrecifes. Un hombre alegó que árboles de Navidad causaron el debilitamiento. Éste creía que abetos, que crecían en Alaska, llevaban alguna especie de bacteria letal para estrellas de mar. Cuando eran enviados en barco hacia el sur de California, dijo, depositaban venenosas bacterias en el agua.

Donna Pomeroy, bióloga de vida silvestre que durante últimos 20 años vivió frente del arrecife Pillar Point en el condado de San Mateo, California, es una de las voluntarias de ciencia ciudadana que monitoreó la población de estrellas de mar endémicas, al participar en estudios mensuales del arrecife con un grupo de la Academia de Ciencias de California. De inmediato vio que estrellas que normalmente se adherían a rocas se despellejaban. “Era asqueroso”, dijo. “Se veían como si fueran de cera y las dejaran cerca de una lámpara de calor. Brazos literalmente se les caían. Es mi patio. Lo protejo mucho. Deprimente”.

En ese mismo tiempo empezó a notar una alarmante abundancia de un molusco color Pepto Bismol llamado nudibranquio rosa (Hopkins rosácea). “Solían pasar años sin que viéramos uno solo de ésos. Ver uno era emocionante. Pero ahora el arrecife estaba lleno de ellos. Algo extraño estaba pasando”.

“Era como caminar en un bosque de secuoyas y encontrar bastones de caramelo saliendo de ramas”, dijo Mary Ellen Hannibal, escritora ambientalista que participa en estudios regulares de la Academia de California y escribe un libro sobre ciencia ciudadana.

“Nudibranquios son hermosos”, dijo Pomeroy, “pero es escalofriante ver que estos cambios ocurran tan rápido, dramáticamente. Hay un panorama más general y no sabemos cuál es”.

 El debilitamiento hace que científicos, que suelen elegir palabras con extrema precaución, hablen como adolescentes. En conversaciones hablan de “shock”, “horror” y “pesadilla”.

Catherine Lynche, estudiante de tercer año de la Escuela Santa Catalina en Monterey, California, tenía un particular apego a estrellas de mar; solía “gritar emocionada” cuando las encontraba en viajes a pozas de marea en el Programa de Investigación de Ecología Marina de su escuela. Estaba muy perturbada cuando encontró estrellas arrugadas, sin brazos y en proceso de descomposición. “Incluso mi maestra desconocía la causa”, dijo Lynche. “Perturbador”.

Su compañera Katie Ridgway estaba sorprendida cuando no encontró una sola estrella de mar en un viaje hacia el arrecife local Asilomar. Un año antes había por todos lados. “Era como: ‘Wow, ¿por qué pasa? ¿Acaso alguien causó esto?'” En unas vacaciones regresó a Seattle, donde creció, y encontró que el arrecife que visitaba de niña en Puget Sound ya tampoco tenía. “Me hizo preguntarme si en diez años, cuando me gradúe de la universidad y regrese a Seattle, ¿seguirá siendo una preocupación? Si es así y el agua sube y otro virus afecta a otro organismo, ¿qué pasará cuando tenga hijos?”

“Nadie lo vio venir”, dijo Lyche. “Si no predecimos algo tan importante como esto, ¿qué otra más seremos incapaces de prever?”

Hay diez millones de virus en una gota de agua de mar. Parecería improbable que científicos determinen el patógeno responsable del debilitamiento. Sin embargo, en noviembre del año pasado hubo un gran descubrimiento. Ian Hewson, microbiólogo de la Universidad de Cornell que estudia virus acuáticos, detectó altos niveles de virus previamente no identificado en muestras de tejido tomadas de estrellas enfermas. Su equipo llamó al culpable SSaDV, acrónimo en inglés de “densovirus asociado a estrellas de mar” (“densovirus” significa pequeño virus que suele infectar a insectos y crustáceos). Cuando científicos inyectaron SSaDV en estrellas saludables, animales desarrollaron síntomas de debilitamiento. Noticiarios pregonaron que científicos resolvieron el misterio de plaga de estrellas de la costa oeste, pero Raimondi, coautor del artículo que anunció el descubrimiento, se las ve duras para explicar que no es así.

Esto es porque el virus también fue detectado, aunque en menor cantidad, en gusanos marinos, estrellas y erizos de mar saludables; en 24 especies en el lodo del suelo marino. Incluso, especímenes de museo que datan de 1942, lo que significa que estrellas llevaron este virus durante al menos siete décadas, y quizá muchas más. Un bibliotecario de Stanford encontró un informe de 1898 sobre la Bahía Narragansett de un biólogo llamado Hermon C. Bumpus: “En varios lotes de estrellas de mar… hay lo que parece ser una enfermedad que primero ataca a la piel y se come todo el cuerpo”.

¿Por qué este virus en particular, que parece estar durante décadas si no siglos, y en todos lados, de repente se volvió tan fatal para estrellas de mar? ¿Acaso era oportunista y atacaba sólo cuando el sistema inmune de animales estaba debilitado, tal como alguien sin chamarra es más susceptible a contraer resfriado? Si fuera así ¿qué condiciones debilitaron a tantas estrellas? El misterio no fue resuelto. Solamente se profundizó.

Los arrecifes de lutolita en la playa estatal Natural Bridges, de Santa Cruz, California, Estados Unidos

Arrecifes de lutolita en la playa estatal Natural Bridges, de Santa Cruz, California, Estados Unidos

A finales de febrero hubo una investigación amateur de la zona intermareal con Melissa Redfield, miembro del equipo de investigación de Raimondi. Durante la marea baja, caminaron diez minutos hasta la playa Natural Bridges, en Santa Cruz, California. Arrecifes están compuestos de lutolita, roca sedimentaria de color café, resbalosa por algas, y lo suficientemente suave para que erizos de mar hagan sus casitas ahí dentro. Una madre y sus dos hijos buscaban vida marina entre salientes y pozos. Gritaban cada vez que veían un cangrejo ermitaño, erizo de mar morado o anémona de mar con tentáculos verde neón. Una familia de turistas japoneses hacía lo mismo. Una solitaria mujer se arrodilló frente al océano y puso una canción triste en su grabadora.

Por más que buscaron, no vieron ninguna estrella, aunque Redfield las detectó casi de inmediato en una locación cerca del borde costero; sobre la lutolita y más allá de las rocas alumbrando con linterna. Estaba muy camuflada. Y había más, la mayoría de color violeta y algunas rosa-morado. Éstas se escondían en hoyos y una se escondió bajo un erizo de mar. Y apareció una docena de estrellas ocre. La mayoría era del tamaño de una moneda de cinco pesos o incluso más pequeña; la más grande como una mano adulta. Todas parecían saludables, excepto una de las más grandes. Le faltaba un brazo y tenía lesión blanca en la base de uno de los brazos.

Éste fue un patrón familiar en la costa del Pacífico durante todo el invierno. Ya que el debilitamiento persistió, las estrellas desaparecieron casi por completo en muchas locaciones. En otras, sobrevivieron a la epidemia y parecieron recuperarse, como si tuvieran inmunidad, pero murieron meses después. Raimondi estima que hasta ahora murieron entre uno y diez millones de estrellas. Tan sólo en la zona intramareal la tasa de mortalidad es de 75 por ciento. Sin embargo, se vieron estrellas más pequeñas en sitios donde las más grandes desaparecieron. “Es un incendio forestal”, dijo Rich Mooi, curador de zoología invertebrada y geología de la Academia de las Ciencias de California. “El bosque se quema y entonces llegan plántulas”. No obstante, la mayoría de estas pequeñas estrellas no son recién nacidas. Las estrellas marinas crecen muy lento; cuando son lo suficientemente grandes para ser vistas, probablemente ya tienen varios años de edad. Esto significa que las que observamos en Natural Bridges no eran bebés, sino sobrevivientes.

Esto suscita otra pregunta: ¿en realidad las estrellas más pequeñas son inmunes al debilitamiento, o simplemente son demasiado pequeñas para contraer enfermedad? Podría ser que el virus sea benigno en pequeñas cantidades y sólo se vuelva fatal hasta que se multiplica lo suficiente. Si así fuera, las estrellas aparentemente saludables llegarían hasta cierto tamaño para después morir. O tal vez contraigan enfermedad en la adultez. No sabemos más de su destino de lo que ellas saben. “Nunca vi algo así “, dijo Redfield. “Es difícil pensar en el panorama general. No quiero”.

Raimondi hoy está en la posición de un detective con conocimiento íntimo del sospechoso: tendencias, excentricidades y modus operandi del asesino, sabe todo sobre él menos su verdadera identidad. Raimondi cree que el densovirus probablemente es el asesino, pero éste no tiene poder por sí mismo: necesita cómplices. Esto incluiría aguas cálidas, hipoxia, contaminación y acidificación del océano, aunque tal vez no necesariamente todo al mismo tiempo. También, la hipótesis del densovirus sería incorrecta. Raimondi se pregunta si habría una correlación sin causalidad. En tal caso, el densovirus sería una infección secundaria, un predador oportunista que toma ventaja de un sistema inmune debilitado por otra fuerza más poderosa y desconocida.

Tampoco se conoce el efecto del debilitamiento en frágiles ecosistemas de mareas de la costa del Pacífico de EU. Estrellas de mar comen mejillones y erizos de mar; ¿podrían bancos de mejillones, sin presencia de su depredador, extender su territorio y expandirse hacia profundidades inferiores? ¿Aumentarán repentinamente poblaciones de erizos de mar? Si fuera así, tendrá sus propias consecuencias. Erizos devoran quelpo (tipo de alga), que provee nutrientes y protección a una amplia gama de vida marina. Cuando erizos se multiplican mucho en una sola área, bosques de quelpo se convierten en desiertos. Esto lleva a un fenómeno llamado “páramos de erizos”: páramos marinos surreales desprovistos de vida, excepto por una alfombra de erizos de púas moradas.

La población de erizos sí parece crecer, aunque no está claro si la ausencia de estrellas de mar es responsable. Aún así, está también la preocupación de que erizos no estén tan sanos como parecen: Raimondi recibió varios reportes de debilitamiento masivo entre poblaciones de erizos de mar. Él no sabe si el responsable es el mismo densovirus, pero parece que sí. “Es muy parecido a primeros días de estrellas de mar”.

Igualmente, Raimondi —imperturbable y sobrio— dijo que no está particularmente preocupado. “Mucha gente pregunta: ‘¿Se extinguirán? ¿Habrá una catástrofe? ¿Colapsará el ecosistema?’ La respuesta es no. Vi esto antes y el sistema se recuperó”.

 Algunos científicos más jóvenes y voluntarios estaban traumados por ver en su propia vida eventos de extinción y calamidades sin precedente alguno en la historia de la civilización humana.

Algunos científicos más jóvenes y voluntarios eran menos optimistas. Se traumaron al ver en su propia vida eventos de extinción y calamidades ambientales sin precedente alguno en la historia de la civilización humana. Para ellos, la idea de que estrellas de mar puedan ser evidencia de una transformación más profunda y decisiva en la ecología marina no es nada rebuscada.

“Pete [Raimondi] lo ve como un gran experimento”, dijo Jan Freiward, ecólogo marino y director de Reef Check California —organización que busca conservar recursos marinos—. “Intenta desapegarse, pero simplemente no sabemos qué tan grandes serán los efectos. Me preocupa. Lo más triste es cuando ves estrellas comiéndose a una debilitada. Piensas: ‘¡No, no lo hagan!'”

“Te hace sentir triste”, dijo David Horwich, voluntario de Reef Check, uno de los primeros buzos en detectar el debilitamiento. “¿Es un evento de una sola vez o presagio de algo peor? Te preguntas si hubo un cambio similar que dañe el ecosistema irreversiblemente”.

“Se siente apocalíptico”, dijo Mary Ellen Hannibal. “Lo que pase con estrellas de mar se siente como un evento inmersivo invisible al ojo que está deshaciéndose de especies de profundidades”.

Lo único que Raimondi puede hacer ahora es monitorear de cerca a estrellas jóvenes para ver si se recuperan o mueren como el resto. Esta tarea dependerá en la vasta red de ciudadanos voluntarios que se movilizaron como respuesta a la crisis. “Sólo podemos ir a cierto número de sitios”, dijo. “Pero muchas personas van a pozas de marea. Eso es una enorme cantidad de datos. Recibimos una tonelada de reportes de gente que busca cosas en la playa sobre lugares donde nunca estuvimos”. El problema es que estrellas más jóvenes, que pueden ser más pequeñas que la uña del dedo meñique, son muy difíciles de ver. Así, muchos de los observadores más exitosos no son científicos marinos, sino niños pequeños.

“Los padres no tienen rodillas del todo bien”, dijo Raimondi. “No se agachan sobre el arrecife. Pero los niños son muy curiosos, tienen gran vista y están muy cerca del suelo”. Algunos de los avistamientos más importantes fueron de niños de tres años, a quienes sus padres arrastran mientras ellos intentan aferrarse a los arrecifes. Los preescolares son excelentes detectives. Son ávidos e incansables. Bastante persistentes. Es casi como si estuvieran preocupados de que éstas fueran las últimas estrellas que verán en toda su vida.