El suicidio del hijo mayor de Fidel, otro golpe para los Castro

Internacionales

Eran otros tiempos, los de la gloria revolucionaria. Fidel Castro, el héroe de Sierra Maestra, hacía su entrada triunfal en La Habana el 8 de enero de 1959 subido en un jeep Sherman, escoltado por el comandante Juan Almeida y acompañado por su hijo Fidelito.

En aquel momento histórico, el hijo de Fidel solo tenía 10 años. Fue creciendo y el parecido físico con su padre le otorgó un lugar en el imaginario colectivo cubano. Pero sobre él siempre gravitó la pesada sombra de su padre, que impuso en temas familiares una visión en las antípodas de su hermano Raúl: mientras el menor de los Castro cuida y se rodea de mujer, hijos, nietos, hermanos y sobrinos, “Fidel nunca permitió que su entorno familiar tuviera relevancia alguna”, señala Mauricio de Miranda, doctor en Economía en la Universidad Javeriana de Cali y buen conocedor de los intríngulis de la nomenclatura de su país.

Los medios oficiales cubanos dieron a conocer anteanoche el suicidio de Fidelito. Lo hicieron sin anestesia, de forma aséptica: “El doctor en Ciencias Fidel Castro Díaz-Balart, que venía siendo atendido por un grupo de médicos desde hace varios meses con motivo de un estado depresivo profundo, atentó contra su vida en la mañana del 1° de febrero”.

Noticias así multiplican su resonancia entre los cubanos gracias al hermetismo informativo del régimen castrista. Lo anunciaron como se hacen estas cosas en Cuba, un país donde la gente no es tan feliz como parece: la isla encabeza la tasa de suicidios en América Latina, un tema proscrito por las autoridades. El índice llega a casi 17 personas por cada 100.000 habitantes, en la mayoría de los casos por envenenamiento, asfixia o “echándose candela” (prendiéndose fuego).

Es una forma de muerte que también afectó a otras figuras revolucionarias, como Haydée Santamaría, una de las grandes heroínas de la lucha contra la dictadura de Batista; el expresidente Osvaldo Dorticós (tras una discusión con Fidel, según las leyendas populares), y otros dirigentes reconocidos como Alberto Mora y Augusto Martínez.

“El problema de la depresión es real, la versión oficial es la correcta”, desvela a LA NACION Arturo López Levy, analista político y profesor en la Universidad de Texas, amparándose en fuentes familiares de los Castro, para salir al paso de las teorías conspirativas puestas en marcha cuando solo quedan dos meses y medio para la sucesión de Raúl Castro.

La futura diputada de la Asamblea Nacional e hija del presidente cubano Mariela Castro lamentó ayer la muerte de su primo a través de un comunicado en Facebook, que recogía casi íntegra la versión oficial.

La figura de Fidelito, que solo sobrevivió 14 meses a su padre, era ayer objeto de análisis. Su influencia en la revolución fue casi nula, en eso están casi todos de acuerdo. “No fue muy relevante, pero gozó de los beneficios de ser un retoño del poder. Y también, aunque no como otros, de los estilos de su padre”, plantea Armando Chaguaceda, politólogo e historiador cubano, especialista en revoluciones.

Los medios oficialistas repitieron hasta la saciedad su currículum, el de un científico destacado, pero obviando que fue el símbolo de la alianza con la Unión Soviética, donde estudió energía nuclear. “Miles de familias cubanas enviaban a sus hijos a estudiar a Moscú y a Europa del Este, y a África a luchar en Angola y Etiopía. El hijo de Fidel era el símbolo de los primeros”, añade López Levy.

A su regreso a Cuba, Fidel Castro Díaz-Balart se puso al frente de la Comisión de Energía Nuclear con un objetivo principal encargado por su padre: poner en marcha la primera central nuclear cubana en la bahía de Cienfuegos. El momento político era crítico, ya que la caída del Muro de Berlín enfrentaba a Cuba al período especial. Y fracasó. “Fue removido de su puesto por incompetencia, dejadez o mala gestión, pero no fue acusado de corrupción”, aclara López Levy.

Alina Fernández, hermanastra de Fidelito, dijo en su día que el ahora fallecido fue atrapado mientras se llevaba dinero del erario público; esta teoría jamás fue confirmada.

La estrella política de Fidelito se apagó durante años y solo volvió a encenderse a mediados de la primera década de este siglo, cuando recuperó parte de su simbolismo gracias a la mejora de relaciones con la Rusia de Vladimir Putin. “Fue el catalizador de estas nuevas relaciones diplomáticas. Los rusos veían a él un ejemplo de la antigua alianza, el hijo del presidente que estudió en su país”, dice Levy, que transcurridas dos décadas del fracaso nuclear de Cuba sigue pensando que se trató de una bendición. “Sacó un tema muy controversial de la agenda entre Estados Unidos y Cuba, un tema de muy alta prioridad para la seguridad nacional norteamericana”.

Escrito por CincoDias

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