Sobrevivir a un ACV, un “privilegio” para pocos

Sociedad

Cualquier persona, en cualquier lugar y a cualquier edad puede sufrir un accidente cerebrovascular (ACV), considerado hoy la segunda causa de muerte y la primera de discapacidad a nivel mundial. Saber reconocer los primeros síntomas, acudir con rapidez a un centro de atención sanitaria y recibir el tratamiento adecuado son cuestiones cruciales. Sin embargo, en nuestro país todavía muchos ignoran las características de esta patología en tanto que el acceso al tratamiento adecuado -en el tiempo y la forma esperables- no está garantizado para todos.

Sobre la realidad actual en materia de abordaje del ACV y la necesidad de redoblar los esfuerzos para concientizar acerca de esta emergencia médica se refirió en una entrevista con La Prensa el doctor Adolfo Savia, jefe del Servicio de Urgencias del Sanatorio Anchorena.

– Se estima que de los 17 millones de personas que sufren un ACV cada año, un tercio muere y otro tercio queda con discapacidades permanentes. ¿Qué factores contribuyen a estas cifras y cuáles son los principales obstáculos para el correcto manejo del ACV?

– El ACV es una patología que tiene un profundo impacto en términos de mortalidad y secuelas en todo el mundo. Nuestro país no es la excepción. El primer esfuerzo que debemos realizar tiene que ver con la prevención; controlar los factores de riesgo para la enfermedad vascular tales como el tabaquismo, la hipertensión arterial, la diabetes y la obesidad, entre otros, debe ser una prioridad del sistema de salud todo.

En cuanto a su manejo, el ACV no siempre es reconocido como una enfermedad aguda y de alto riesgo. La comunidad en general debe recibir información confiable sobre el reconocimiento de los síntomas, debe tener la posibilidad de acceder rápidamente a un servicio de emergencias médicas prehospitalaria y que éste pueda evaluar y trasladar al paciente a un hospital con capacidad para ofrecer el tratamiento para el ACV. Hoy tenemos varias opciones terapéuticas, ya que no todos los ACV tienen el mismo mecanismo y no todos los pacientes son candidatos a todos los tratamientos.
Uno de los mayores limitantes tiene que ver con el tiempo de evolución de los síntomas, esta “ventana para el tratamiento” es bastante estrecha (de pocas horas) por lo que los retrasos en el reconocimiento, traslado o atención inicial dejan afuera de la posibilidad de tratamiento a muchos pacientes que de otro modo serían candidatos.

– ¿Cuál es la realidad de nuestro país en materia de recursos terapéuticos, infraestructura y capacitación para el manejo del ACV? ¿Esto varía entre las distintas regiones del país?

– La Argentina se encuentra actualmente en un proceso de crecimiento. No contamos con datos certeros respeto de la cantidad y distribución de centros con capacidad para el tratamiento agudo del ACV.

Los datos de los que disponemos actualmente provienen mayormente de un relevamiento encarado por la Sociedad Neurológica Argentina, que se publicó en 2015. Entre los resultados de este relevamiento, realizado a través de los delegados en cada región del país de dicha sociedad, se evidenció que no existe una cobertura universal de centros especializados en el país y, en los sitios donde existen, podrían no ser suficientes para el volumen de pacientes.

Según el registro ReNaCer, publicado en 2008, en nuestro país solo se internan en centros especializados el 5% de los pacientes, y solo el 1% recibe el tratamiento fibrinolítico, un tratamiento clave para disolver el coágulo que provoca el ACV y disminuir las secuelas.

El objetivo de la iniciativa Angels (promovida por la European Stroke Organization -ESO-) es precisamente ampliar el número de hospitales con capacidad de tratar el ACV, optimizando los recursos existentes a base de capacitación, trabajo en equipo entre todos los actores y mejora de procesos.

– ¿Cuántas personas sufren ACV en la Argentina?

– Estamos trabajando para mejorar nuestros datos epidemiológicos. Si bien en nuestro medio las cifras se encuentran en aumento, esto tiene múltiples interpretaciones, incluyendo el envejecimiento de la población y la dificultad en el control de los factores de riesgo. Recordemos que en nuestro país la fragmentación del sistema de salud muchas veces conspira contra el desarrollo de campañas de concientización con amplia llegada a todos los sectores.

Un estudio que se realizó en la ciudad de Junín indicó que ocurren casi 5 ACV cada 1.000 habitantes. El ACV es la segunda causa de muerte y la primera de discapacidad; se estima que unas 18.000 personas mueren por año a causa de esta enfermedad en la Argentina. Realmente son datos con un gran impacto social que deben convertirse en un llamado a la acción.

OPCIONES TERAPEUTICAS

– ¿Cuáles son los beneficios y riesgos del tratamiento del ACV vs. el no tratamiento? ¿Qué alternativas terapéuticas existen?

– El término ACV engloba inicialmente dos grandes categorías, el ACV isquémico, es decir, la presencia de un coágulo que obstruye una arteria del cerebro dejando sin irrigación a una zona del tejido nervioso, y el ACV hemorrágico, en el cual la ruptura de dicha arteria provoca una hemorragia dentro del cráneo. Si bien la presentación suele ser similar, los tratamientos son diferentes.

Específicamente para el ACV isquémico, que es el más frecuente, existen fármacos que se inyectan por una vena y que permiten la disolución del coágulo responsable de la obstrucción. También existe la posibilidad de tratamiento mecánico a través de un tipo de cateterismo que permite la remoción directa del coágulo. A menudo, estos tratamientos se combinan para máxima eficacia. Sin embargo, no todos los pacientes son candidatos ya que deben cumplir ciertas condiciones médicas de indicaciones y contraindicaciones y, a su vez, no todos los hospitales tienen la capacidad de ofrecer estos tratamientos.

Los beneficios principales de estos tratamientos están relacionados con la disminución de las secuelas posteriores al ACV, lo que determina una mejor calidad de vida, previene la pérdida de años productivos y termina por optimizar los recursos del sistema sanitario al disminuir la dependencia de la persona por sus secuelas.

Entre los riesgos más importantes de la terapia trombolítica se encuentra la posibilidad de que ocurra un sangrado grave al administrarla. Sin embargo, este riesgo disminuye muchísimo al seleccionar cuidadosamente a los pacientes candidatos a recibir la terapia, asegurándose que cumplen todos los criterios para recibirla y no tienen ninguna contraindicación. Los pacientes con ACV isquémico que no sean candidatos a recibir las terapias para la disolución o remoción del coágulo o se encuentren en hospitales que no pueden ofrecerlas, iniciarán rápidamente un proceso de prevención secundaria para disminuir el riesgo de un nuevo evento cerebrovascular mediante tratamiento farmacológico y medidas higiénico dietéticas. También iniciarán precozmente la rehabilitación y se extremarán todos los cuidados en el hospital para disminuir el riesgo de complicaciones tales como neumonía, escaras, entre otras.

Los pacientes que han tenido un ACV hemorrágico no son candidatos a terapia trombolítica. Su manejo suele ser en una unidad de cuidados intensivos por un equipo interdisciplinario que incluye enfermeros, médicos intensivistas, neurólogos, neurocirujanos y kinesiólogos. A veces, su manejo requiere intervención neuroquirúrgica y otras veces es un tratamiento conservador y de prevención secundaria, controlando fundamentalmente la presión arterial.

– ¿Cuál es el abordaje “ideal” del ACV a partir del momento en que ocurre?

– El abordaje del ACV incluye a diferentes actores, cada uno con un rol, que se entrelazan como una cadena. El primer eslabón es el reconocimiento por parte de la comunidad; los familiares o allegados al paciente de los signos y síntomas típicos, tales como trastornos del habla (dice de forma incorrecta las frases o no comprende o no se puede expresar), pérdida de fuerza en un brazo o una pierna, desviación de la comisura labial hacia un lado. Estos son los síntomas más frecuentes aunque también puede presentarse pérdida súbita de la visión, trastornos de la sensibilidad y del equilibrio.

Una vez reconocido el ACV, la persona afectada deberá detener sus actividades y quedarse sentada o acostada; se solicitará ayuda al servicio de emergencias médicas, el sistema público 107 o a los sistemas privados. El equipo de la ambulancia debe arribar rápidamente, confirmará los signos y síntomas, controlará los signos vitales y la glucemia y, si sospecha un ACV, avisará al centro con capacidad de tratamiento más cercano. El hospital receptor, una vez que recibe el llamado, pone a punto todos sus recursos para aprovecharlos máximo tiempo. Cuando arriba el paciente, lo trasladarán al tomógrafo en la misma camilla de la ambulancia y por el camino realizarán preguntas y un examen físico para completar el diagnóstico.

También se obtendrá una muestra de sangre de laboratorio. Se realizará una tomografía que determinará si el ACV es hemorrágico y, si el resultado es normal, apoya el diagnóstico de ACV isquémico ya que este estudio tarda algunas horas en evidenciar signos anormales en la mayoría de los ACV isquémicos.

Si el paciente padece un ACV isquémico y cumple con los criterios para indicar el tratamiento trombolítico y no tiene contraindicaciones, puede administrarse parte del tratamiento en la misma sala de tomografía para no perder tiempo y el resto en la unidad de ACV (o terapia intensiva o Shock Room) y luego cumplirá internación en unidad de ACV o terapia intensiva.

Para lograr este proceso de forma fluida, se debe entrenar a todos los intervinientes, generar protocolos operativos y generar conciencia de que cada miembro de este equipo es fundamental y que todos se integran en el continuo de cuidados.

DESAFIOS

– ¿Cuáles son las secuelas más frecuentes?

– Alrededor de un tercio de los afectados por un ACV quedan con secuelas relevantes que le dificultan la movilidad de los miembros superiores, inferiores y la deglución. Esto implica un gran impacto en la vida personal y laboral.

– En su experiencia personal en la atención de pacientes que han sufrido un ACV, ¿qué es lo más difícil para esas personas luego de atravesar un evento de este tipo?

– Un ACV es un evento modificador de vida tanto personal como familiar y laboral. Sin dudas esto es más notorio cuanto mayores secuelas queden. Entre los desafíos que estos pacientes enfrentan está adaptarse a sus nuevas capacidades, superarse día a día, reaprender aspectos de su vida que antes realizaban de forma diferente, reestructurar sus relaciones familiares… incluso en los pacientes con secuelas menores, adaptarse a un régimen de prevención secundaria con medicamentos y cambios en el estilo de vida puede ser difícil.

También es importante reconocer el extraordinario compromiso de familiares y cuidadores, que son figuras centrales en la calidad de vida de los pacientes.

– ¿Hay un mayor conocimiento a nivel poblacional de lo que es un ACV o aún muchos lo ignoran?

– Lentamente en el mundo y en nuestro medio estamos comprendiendo que el ACV es una emergencia médica, de esas que llamamos “tiempo dependientes” (mientras más rápido actuamos, mejor es el resultado) al mismo nivel que el infarto de miocardio, el trauma grave o la sepsis.
Durante mucho tiempo las intervenciones sobre el ACV eran exclusivamente relacionadas con evitar un nuevo evento y poco se hacía por el evento actual, lo que transmitió a la comunidad una falsa sensación de futilidad y desesperanza. Hoy tenemos otras herramientas y la población es el factor clave para “ingresar” al sistema de salud y que el paciente pueda ser tratado adecuadamente. Recordemos que a veces los síntomas pueden ser muy sutiles y el paciente no percibirlos por lo que los familiares y amigos, potenciales testigos circunstanciales, son el primer eslabón de la cadena de supervivencia al ACV.

– ¿Son útiles las campañas de salud pública para concientizar sobre esta enfermedad?

– Las campañas de salud pública son importantes aunque en nuestro medio no está medido el impacto. A modo de opinión personal, creo que sumado a las campañas “oficiales” todos los profesionales de la salud (médicos y no médicos) debemos comprometernos con la difusión de la patología y los signos de alarma. También es muy importante el rol de las organizaciones de pacientes y familiares, que nos inspiran con su ejemplo y testimonio.

Escrito por CincoDias

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